Batir al mercado

Imagina que quieres medir cómo de bueno es tu gestor. ¿Cómo lo harías?

Una estrategia típica sería llamar a dos o tres gestores de la competencia (o hablar con algunos amigos que tengan otros gestores), y preguntarles qué beneficios les han generado a ellos en los últimos años.

El problema de esto es que siempre puede ocurrir que escojamos un grupo de malos gestores para compararnos; de esta forma, aunque el nuestro fuera malo, nos parecería mejor que las alternativas. Lo idóneo sería poder preguntar a todos los gestores del mundo… pero eso sería demasiado costoso.

¡Pero existe otra forma! Piensa que al fin y al cabo, todos los gestores trabajan sobre los mismos productos, comprando unos, vendiendo otros, e ignorando al resto. El trabajo del gestor es seleccionar aquellos que vayan a ser mejores productos que el resto, comprarlos, y mantenerlos hasta que haya mejores alternativas para meter nuestro dinero… es decir, que lo que intenta conseguir el gestor es ser mejor que la media de todos los productos, batir al mercado.

Ahora medir la calidad de nuestro gestor es relativamente fácil: si sólo opera con acciones españolas, habrá que ver si la rentabilidad que consigue es mayor que la del mercado español, que se puede representar muy bien con el IBEX35. El gestor, en principio, querrá obtener una rentabilidad mayor a la del índice de referencia; su selección de los mejores productos será el valor que aporta al cliente.

Digo “en principio” porque ocurre un fenómeno peculiar: si bien obtener la misma rentabilidad que el índice es muy sencillo – basta con comprar todas las acciones del mercado –, batirlo de forma consistente es muy difícil, y suele ocurrir que, al seleccionar productos, uno mete la pata, y acaba dejando pasar las mejores inversiones.

Tanto es así que muchos gestores, temerosos de acabar por debajo del índice, comenzaron a acercarse cada vez más a sus índices de referencia, pasando primero de una gestión relativamente libre (en la que compras una serie de empresas por su valor), a una cartera sobre el índice (en el que tienes todas las empresas, pero si crees que una va a ser mejor, le das más porcentaje que en el índice), y finalmente a seguir al índice y vivir tranquilos.

Sin embargo, una vez estás haciendo lo mismo que el mercado – lo que se llama estrategia pasiva, o más coloquialmente, seguir a la manada – es difícil justificar tus porcentajes de comisión de gestión a los clientes, dado que básicamente tu trabajo es rascarte la nariz.

La estrategia del mono

mono

Cuenta la leyenda que una vez alguien plasmó diversos valores en una diana, y comenzó a gestionar una cartera comprando aquellos valores en los que un mono lanzaba un dardo, batiendo a muchos y afamados gestores, que montaron en cólera.

Hay incluso quien defiende que los fondos de gestión activa que son exitosos lo son únicamente por suerte, y que, pasado suficiente tiempo, y en virtud de la ley de los grandes números, todos acabarán revirtiendo hacia la media del mercado.

Su razonamiento es como sigue: si un año se abren mil fondos que siguen la estrategia del mono, y por pura suerte la mitad triunfa, despediremos a quinientos gestores, y al año siguiente quedarán quinientos exitosos. Si al año siguiente la mitad aciertan, de nuevo, por pura suerte, nos quedaremos con doscientos cincuenta. Así, y como se observa en el mercado, a medida que pasa el tiempo, quedan menos fondos imbatibles… y hasta se atreven a decir que quizás Warren Buffet, que lleva casi cincuenta años generando más de un veinte por ciento de rentabilidad anual media, puede ser ese uno que va quedando, por pura estadística, vivo y en cabeza.

Más aún, si miramos hacia el pasado, sólo nos fijaremos en los fondos que han sobrevivido, ignorando todos aquellos que hace ya muchos años que no existen, aumentando así la deformación de la realidad a través del llamado sesgo del superviviente (survivorship bias).

Sin embargo es también argumentable lo contrario, más o menos en los mismos términos: El sesgo del superviviente también se da en las empresas que componen el índice, aumentando artificialmente su rentabilidad. Si una empresa quiebra en el Eurostoxx 50, otra ocupará inmediatamente su lugar. Incluso lo más probable es que la empresa salga del Eurostoxx 50 antes de quebrar, dejando a otra más rentable en cabeza antes de desaparecer.

Por otra parte, la severidad del éxito también puede eliminar competidores para el índice. Imaginad una moneda trucada que cae el noventa y nueve por ciento de las veces de cara. Por mucho que tenga mejor ratio de acierto que con una moneda equilibrada, si las primeras veces que la tiro sale cruz, probablemente cambie de moneda. De igual modo, si el mejor gestor del mundo obtiene pérdidas durante un par de años, los clientes se llevarán su dinero a otro lado; aunque rentabilidades (malas, en este caso) pasadas no garanticen rentabilidades (malas) futuras, y el  gestor pudiera haber pasado a ser el nuevo Warren Buffet, perderá el trabajo de gestor, al espantar a los clientes, y se dedicará a un trabajo más gris en una gris torre de una gris ciudad; seguramente de contable, o algo del estilo.

Ya en una última vuelta de tuerca a tan complicado tema, aquel que identifique una estrategia cuya moda sea positiva, aunque de media tenga resultados negativos, podrá venderla durante todos los años que le dure la racha, cobrando comisiones, para, una vez que falle, trasladar todas las pérdidas al inversor (que, al fin y al cabo, es el que asumió el riesgo).

En definitiva, lo que inicialmente parecería un asunto trivial, como es saber qué gestor es el mejor, acaba por ser un tema complicadillo. ¿Cómo lo véis vosotros?

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